Francesco Tonucci: “Vivimos una segunda pandemia, la de los móviles, y la vacuna es que los niños jueguen fuera de casa”

Francesco Tonucci, recientemente nombrado Doctor 'Honoris Causa' por la Universidad Pontificia de Salamanca en Educación, recuerda su infancia en Fano, su ciudad natal, en el contexto de una Italia marcada por la guerra. Tonucci creció en una familia numerosa, donde el juego ocupó un lugar central, incluso en medio de los bombardeos que él mismo recuerda con la mirada asombrada del niño que observa fuegos artificiales. Reconocido pedagogo, investigador y creador del proyecto 'La ciudad de los niños', ha dedicado su vida a escuchar a los más pequeños y a reivindicar su papel en la sociedad. Definido por sí mismo como “abuelo”, su trayectoria está marcada por valores como la honestidad, el compromiso y la confianza en las personas, así como por una profunda pasión por la lectura -con 'El conde de Montecristo' como referente- y por el dibujo, su primera y más íntima forma de expresión. Con más de cinco décadas de vínculo constante con España, país en el que asegura ser especialmente reconocido, Tonucci sigue siendo una voz imprescindible en la defensa de la infancia, la innovación educativa y el derecho de los niños a ser escuchados. A lo largo de su vida, ha combinado su labor científica con una mirada crítica y creativa sobre la escuela y la ciudad, denunciando aquello que considera alejado de las verdaderas necesidades de los niños, como la rigidez escolar o la falta de autenticidad en las relaciones. Firme defensor de la honestidad y profundamente intolerante con la falsedad, se considera ante todo un artista: el dibujo, presente en su vida desde la infancia, sigue siendo hoy su forma de expresión más genuina y su juego compartido entre el niño que fue y el adulto que es hoy en día.

Pregunta (P): Es un defensor de que los niños jueguen, pero no de cualquier forma. ¿Cómo definiría ese juego?

Respuesta (R): Para mí, es algo que debe ser inútil. Si sirve, no es juego. Es una cosa correcta. Si la escuela utiliza una forma lúdica para enseñar, está bien, pero no es juego; es enseñanza de una forma lúdica. Jugar significa jugar y nada más. Si a un niño le preguntan ¿por qué juegas? y es sincero, debe contestar para jugar. 

 

(P): ¿Qué opina del efecto de las redes sociales en los niños?

(R): Pienso que estamos en una segunda pandemia. La primera fue universal y nunca antes había ocurrido algo así, pero ahora es más grave que la primera porque la primera mataba a los viejos y esta mata a los niños, por lo que debería sentirse como una cosa inaceptable. Y me parece que estamos quedándonos en la etapa de las mascarillas, de limpiar las manos y del distanciamiento, que eran necesarios, pero no solucionaron el problema. Tuvimos la necesidad de una vacuna y la vacuna apagó la pandemia. Ahora, necesitamos una nueva vacuna. Creo que la vacuna será el juego fuera de casa, sin adultos, desde muy temprano, antes que el teléfono sea protagonista. 

 

(P): Precisamente, su preocupación y la de muchas familias también, le ha llevado a trabajar en una nueva campaña, titulada ‘Yo salgo a jugar’. Explique cómo surge y qué persigue.

(R): Es la última campaña en la que estamos trabajando, la más complicada, pero la más fuerte e importante para salvar a los niños del efecto de los móviles.

 

Esto es un drama enorme. Les alertamos a los padres de que no dejen a los niños los móviles porque son peligrosos y porque dentro de casa hay muchos más peligros que en la calle. De hecho, la primera causa de ingresos hospitalarios infantiles son los accidentes domésticos porque están mucho tiempo en las casas.

 

Esta es nuestra propuesta, que salgan a jugar a la calle. Estoy seguro de que en la calle no hay peligros, o por lo menos, hay los peligros normales: coches, escalones, posibilidad de caerse, de estropearse una rodilla... Bueno, los peligros son necesarios. Por eso, el niño tiene que encontrar los peligros de la calle y que sepa defenderse, pelearse con amigos, encontrar situaciones nuevas y descubrir cosas.

 

(P): Entre sus facetas profesionales están la de pensador, investigador, dibujante y también psicopedagogo. En esta última, ¿aboga por que los niños tengan un aprendizaje activo y sensorial? 

(R): Los niños aprenden a hablar sin que nadie les enseñe. Por suerte, nadie les enseña a decir A, B, C. Tendremos un montón de afásicos. Descubren que el aire puede producir sonidos. Y así aprender a dibujar, por casualidad, y a caminar, a comer… Y en nuestra experiencia, en nuestra vida, estos aprendizajes casuales siguen en la calle, con los amigos.

 

Hoy, se ha interrumpido porque esta experiencia ha terminado. Estas cosas no se aprenden ni en la escuela, ni en casa. Por ello, intento que los adultos entiendan la necesidad y se atrevan a dejarlos salir a la calle.

 

(P): El papel de la familia en el aprendizaje de los niños es muy destacado. Es un valedor de la escucha, de escuchar a los niños, y de su libertad. ¿Cree que las familias actuales realizan una escucha “activa”?

(R): Escuchar significa muchas cosas. No es solo un tema de oído. La forma más importante y más fascinante de la escucha es crecer juntos.

 

Creo que esto es muy importante, tanto por los padres como por los niños. Porque los niños nacen y crecen en una familia que va buscando un camino y han de buscarlo juntos. También los niños participan. La idea de que antes tenemos que viajar un poco y divertirnos, después conseguir una seguridad y, por último, tenemos un hijo... Bueno, el hijo llega cuando ya han jugado todo. Por lo cual, lo divertido ha pasado.

 

Porque hoy la relación entre padres e hijos se ha hecho complicada. Antes las competencias maternas pasaban de madre e hija. En cambio, hoy esta relación no está tan garantizada. También porque si se posterga mucho, a veces no hay madres. Por lo tanto, creo que es un papel, una obligación de la educación pública, que debe asumir parcialmente, y creo que no se está haciendo. 

 

(P): ¿Considera que las familias y sus relaciones sociales son los motores de la felicidad de los niños?

(R): Creo mucho en la felicidad, en el derecho a la felicidad. Y compartir, compartir lo que tenemos, es un componente fuerte de la felicidad. A veces, compartimos problemas, pero es importante no encontrarse solos con los problemas. Esto, por ejemplo, no queremos que los niños lo sepan y, a veces es necesario, porque la familia debería ser un lugar donde se comparta, lo mismo que lo era la calle.

 

Están desapareciendo todas las ocasiones de condivisione -de compartir-. Y, por este motivo, los chicos, cuando llegan a la adolescencia y después la juventud, siempre es más frecuente cerrarse frente a una pantalla porque es más cómodo.

 

Me siento tímido, me siento feo, me siento grueso. Para ellos, es mejor comunicarse virtualmente y no exponerse. Esto está creando desastres sociales y, aunque no necesariamente hace falta llegar al Síndrome de Hikokimori, es frecuente y no ocurre solamente en Japón. Hace 10 o 15 años se decía que era solo un fenómeno de la cultura japonesa, pero ahora está presente en Italia, es muy frecuente, y con la pandemia aumentó. Se trata de patologías sociales fuertes.

 

(P): ¿Qué opina sobre el eterno debate de deberes sí o no?

(R): Tenemos que ayudar a la escuela, por ejemplo, a entender que no puede seguir mandando deberes. La tarde no es de la escuela, porque sino, no entiendo qué significa el artículo 31 de la Convención sobre los Derechos del Niño, que dice que los más pequeños tienen derecho al tiempo libre y al juego. Entonces, ¿dónde está el tiempo libre de los niños? No, los deberes no tienen sitio para el debate. 

 

Podemos discutir sobre la validez pedagógica o didáctica de los deberes. Yo estoy convencido que no han solucionado nunca un problema educativo, pero esto es un tema técnico.

 

El tema es que los maestros no tienen derecho a ocupar este tiempo. Puede que sea necesario hacer ejercicios de recuperación, pero se hacen en la escuela y bajo la responsabilidad de los docentes.

 

El docente debe ser honesto consigo mismo y reconocer que él no ha sabido enseñar de manera que todos los alumnos aprendieran. Por lo tanto, con su responsabilidad dice, bueno, me dedico a los dos, tres, cuatro alumnos que no han entendido y que lo entiendan. Él no puede pedir que esto lo hagan los padres que saben menos que un profesor, o deberían saber menos que un profesor. Si necesitan refuerzo, deben hacerlo en su tiempo escolar, que además hoy ha aumentado muchísimo. Mi escuela era de cuatro horas -obligatoria- y ahora son ocho horas en Italia. Es mucho tiempo.

 

Y, después del horario en la escuela, están las actividades de la tarde, como el deporte, y también hay deberes. Me pregunto: el tiempo libre, ¿cuál es? Es un derecho y debería estar muy claro en el estudio dentro de la universidad, porque un tratado internacional representa un nivel jurídico que está por encima de las leyes nacionales, no después.

 

(P): ¿Por qué cree que los padres prohíben a sus hijos jugar en la calle solos?

(R): En la universidad, se deberían estudiar los datos de cómo ha cambiado el peligro de la ciudad, tanto en accidentes como en delitos, desde hace 40 años hasta la actualidad.  Es necesario evaluar que hace 40 años los niños salían de casa, desde muy niños y siempre sin adultos. Los pocos datos que yo recogí dicen que antes estaba peor, no mejor.

 

Ahora, ¿qué ha cambiado? Ha cambiado el miedo, no el peligro. Este es un tema en el que vosotros podéis profundizar mucho, porque el miedo ha perdido la relación con el peligro. ¿Qué significa? Significa que, de un sentimiento, de una sensación de defensa, como es el miedo correctamente, llega a ser un sentimiento de parálisis, porque es independiente del peligro. ¿Y por qué ocurre esto? Yo no tengo competencias para examinarlo, pero sería interesante hacer investigaciones sobre esto.

 

Desde mi punto de vista, creo que, por lo menos, hay dos causas. Una es la información. Noto, por ejemplo, que, en España -más que en Italia- es costumbre que detrás de una noticia de algo espantoso, hay imágenes que se repiten mucho. Esto me sorprendió mucho porque emiten la escena de cómo una persona golpea a otra dos, tres, cuatro, cinco y seis veces. Además, esa noticia aparece a lo largo del día con mucha frecuencia y no se corresponde con la realidad. Así es como se construye, no sé con qué mecanismo, porque repito, no es mi competencia, una sensación de cercanía, el “puede ocurrir aquí también, donde nunca ha ocurrido nada”. Cuando tú dices: “Pero en esta ciudad pequeña, ¿ha ocurrido algo así? No, hasta ahora no. No, pero lo vi en la televisión. Y se deduce: Si lo vi en la televisión, es posible que ocurra aquí también”. 

 

Y la otra causa es la política. Hay una política que confía en el miedo y construye miedo. Bueno, tenemos el presidente de Estados Unidos, que es un modelo muy emblemático. Lo digo con mucha tranquilidad -espero que no me oigan-, pero es evidente. Está señalando enemigos como peligrosos... Y la gente construye este modelo, que aumenta la sensación de inseguridad.